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¿PODRÍA EL FOMO CONVERTIRSE EN UN ALIADO PARA NUESTRAS INVERSIONES?

De la psicología de los mercados a la futura Bolsa de la Música: cómo interpretar el entusiasmo colectivo sin perder el criterio propio.

«No me gusta, no termino de entenderlo y quizá sea demasiado caro. Pero sigue subiendo y no puedo quedarme fuera».

Pocas frases describen con tanta claridad una de las fuerzas que influyen en nuestras decisiones de inversión: el FOMO. El acrónimo de “Fear of Missing Out” designa el miedo a perderse algo que otros están disfrutando. La investigación psicológica lo relaciona con la inquietud de quedar excluidos de experiencias gratificantes ajenas. En los mercados, esa inquietud tiene una traducción especialmente poderosa: otros están ganando dinero y yo no.

El impulso no nace de una valoración del activo, un análisis de sus ingresos o una ponderación del riesgo. Puede aparecer después de haber realizado ese trabajo y terminar imponiéndose a sus conclusiones. Primero sentimos la urgencia de comprar; después encontramos argumentos para justificarla.

La sabiduría popular lo había resumido mucho antes: «¿Dónde va Vicente? Donde va la gente».

Podríamos ilustrarlo con la cola de un restaurante. Puede ser interminable porque la comida es extraordinaria o porque nadie quiere ser el único que no lo ha probado. La cola demuestra que hay demanda. Saber si merece la pena pagar la cuenta requiere información adicional.

En los mercados financieros existe, además, una particularidad: la propia cola puede hacer subir el precio.

Cuando suficientes compradores aceptan pagar más para entrar, la cotización avanza. La subida atrae atención, genera titulares y parece confirmar el acierto de quienes compraron. Los que esperaban una corrección empiezan a impacientarse. Algunos terminan entrando y refuerzan el movimiento que inicialmente contemplaban con escepticismo.

El precio se convierte así en argumento de venta de sí mismo.

Las redes sociales, la exhibición de resultados y el acceso inmediato a las plataformas de negociación facilitan esa secuencia. Una captura de pantalla con ganancias puede sentirse como una oportunidad desaprovechada, aunque no revele el riesgo asumido, las pérdidas anteriores o lo sucedido después. Incluso la SEC ha advertido sobre los riesgos de operar a corto plazo siguiendo movimientos impulsados por las redes sociales.

La presión tampoco se limita al inversor particular. Un gestor puede temer quedarse atrás respecto a su índice de referencia (benchmark), sus competidores o las expectativas de sus clientes. En ese contexto, «todos lo tienen menos yo» puede convertirse en una preocupación profesional, además de emocional.

¿Ha eliminado esta dinámica al inversor *contrarian*, aquel que cuestiona el consenso y busca oportunidades donde la mayoría no las ve?

Extender su certificado de defunción sería precipitado. Lo que una tendencia persistente puede castigar severamente es la confusión entre detectar una valoración excesiva y saber cuándo se corregirá. Una conocida máxima bursátil atribuida a Keynes lo expresa con precisión: «Markets can remain irrational longer than you can remain solvent». El mercado puede permanecer irracional durante más tiempo del que uno puede mantenerse solvente.

La advertencia resulta especialmente pertinente cuando intervienen el apalancamiento o las posiciones cortas (short selling). El episodio de GameStop de 2021 mostró las dificultades de apostar contra un movimiento colectivo. El informe de la SEC destacó el papel del sentimiento de arrastre comprador en la prolongación de la subida, más allá del efecto de las compras destinadas a cerrar posiciones cortas.

Discrepar del mercado exige una tesis, un horizonte y capacidad para soportar que la cotización evolucione temporalmente en sentido contrario. También exige aceptar la posibilidad de estar equivocado. Oponerse a la mayoría por sistema puede convertirse en un automatismo tan poco reflexivo como seguirla.

La inversión pasiva añade otra dimensión, aunque conviene describir su mecánica con precisión.

Un fondo que replica un índice ponderado por capitalización (lo que conoce como indexación) no necesita comprar más de una acción simplemente porque suba: las acciones que ya posee aumentan de valor y su peso se ajusta con ellas. Tampoco una caída lo obliga, por sí sola, a vender.

Los flujos de entrada y salida (suscripciones y reembolsos) en cambio sí importan. Las nuevas aportaciones se asignan conforme a las ponderaciones del índice; los reembolsos pueden exigir ventas, y los cambios de composición generan operaciones. Si los inversores persiguen las subidas aportando dinero, pueden reforzar la demanda convirtiéndolo en un “self feeding movement” o movimiento retroalimentado. El BIS (Bank of International Settlements) en su informe “The implications of passive investing for securities markets”, señala tanto esa posibilidad como posibles efectos estabilizadores: el resultado depende del comportamiento de los inversores y del vehículo utilizado.

La indexación puede interactuar con el FOMO, pero no equivale a él. Una aportación periódica y diversificada, mantenida también durante las caídas, puede responder a una disciplina deliberada. La cuestión esencial es qué nos lleva a aportar o retirar dinero.

Las finanzas conductuales —“Behavioral Finance”— ayudan a explicar las motivaciones que nos llevan a tomar determinadas decisiones. Estudian cómo los procesos psicológicos influyen en nuestras decisiones económicas y por qué nos apartamos de lo que supondría una evaluación plenamente racional.

El FOMO suele actuar acompañado. El “anclaje” (anchoring bias) nos ata a una referencia: «Si a 10 no compré; a 15 ya es demasiado caro». El “sesgo de confirmación” nos lleva a privilegiar la información que respalda nuestra apuesta. La “aversión a las pérdidas” (loss aversión) puede dificultar que asumamos un error. El “exceso de confianza” convierte una buena racha en una supuesta habilidad extraordinaria y el de “atribución” nos empodera con el espejismo de que los éxitos son gracias a nosotros y los fracasos o pérdidas son culpa del entorno. Y el “sesgo de disponibilidad” (availability) concede demasiado peso a lo más visible o fácil de recordar.

Los “costes hundidos” añaden otra trampa: «Con todo lo que llevo invertido, no voy a salir ahora». El dinero y el esfuerzo ya comprometidos condicionan una decisión que debería evaluar las alternativas disponibles desde el presente.

Finalmente, el “punto ciego del sesgo” explica nuestra facilidad para reconocer los prejuicios ajenos y nuestra dificultad para detectar los propios. «Los demás están comprando, dejándose llevar por el entusiasmo; lo mío en cambio es fruto del análisis y convicción».

Conocer estos mecanismos constituye un primer paso. Reconocerlos mientras están actuando sobre nuestro dinero exige bastante más honestidad.

En este contexto se entiende el atractivo de expresiones como *go with the flow* o *the trend is your friend*. Encierran una intuición útil: invertir no requiere imponer al mercado nuestra opinión en cada momento.

El seguimiento de tendencias, sin embargo, tiene una larga historia. Las estrategias sistemáticas utilizan reglas para determinar la exposición y gestionar el riesgo; no dependen exclusivamente del entusiasmo del momento. Existe evidencia histórica favorable en distintos mercados y periodos, aunque eso no garantiza beneficios en cada operación ni permite trasladar sus resultados a cualquier activo.

La metáfora del surf resulta apropiada. El surfista observa la ola, elige cuándo entrar y conoce sus límites. También deja pasar olas. Interpretar cada una como la última oportunidad es una mala forma de enfrentarse al mar.

El FOMO puede empezar a convertirse en aliado cuando despierta una pregunta que sometemos a examen: ¿por qué está subiendo este activo? ¿Han mejorado sus ingresos esperados? ¿Existe información nueva? ¿Qué tendría que suceder para justificar el precio actual? ¿Qué pérdida podemos asumir si nuestra interpretación falla?

La emoción puede llevarnos a descubrir una oportunidad. La decisión necesita un proceso que permita también descartarla.

Una comprobación especialmente útil consiste en realizarnos la siguiente pregunta: ¿seguiríamos queriendo tener ese activo en nuestra cartera en el supuesto caso de que mañana dejara de subir?

Traslademos ahora este razonamiento a un mercado donde la emoción forma parte del producto antes incluso de que exista una cotización: una futura Bolsa de la Música.

Ese es el horizonte que plantea “The Muxic Exchange”: un mercado en el que pudieran negociarse participaciones económicas vinculadas a artistas y a sus marcas personales. Un espacio donde una conversación pudiera comenzar así: a modo de ejemplo: ¿Cuánto lleva subido Springsteen desde que salió a cotizar en el mercado? ¿Y Shakira? ¿Ha sido Bad Bunny el que mejor se está comportando en lo que llevamos de año?

(Estos nombres ilustran el concepto y no implican su participación en el proyecto… son solo ejemplos… ¿por el momento?)

La propuesta de The Muxic Exchange contempla tokens representativos de derechos económicos definidos para cada emisión: p. ej., una participación en determinados ingresos de catálogos musicales o de la explotación comercial del nombre, la imagen y otros atributos del artista, habitualmente agrupados bajo las siglas NIL, *Name, Image and Likeness*.

Los titulares podrían ofrecer o adquirir esos tokens en un mercado secundario, conforme a sus reglas y a la existencia de contrapartidas.

Coloquialmente, quizá hablaríamos de «comprar Shakira». Económicamente, adquiriríamos una fracción de unos derechos concretos. Cada emisión podría incluir determinados ingresos y excluir otros, tener una duración limitada o reconocer solo una parte de los flujos recibidos por quien aporta los derechos.

La documentación de emisión y los contratos tendrían que delimitar ese alcance. El *smart contract* podría automatizar determinadas operaciones y distribuciones, pero dependería de derechos válidamente aportados, datos fiables y mecanismos efectivos de cobro. La denominación «token» tampoco determina su régimen jurídico: en la Unión Europea, los criptoactivos que sean instrumentos financieros quedan fuera del ámbito de MiCA y sujetos al marco correspondiente (MiFID).

Sobre esa base aparece una pregunta especialmente interesante: ¿cómo decidiría alguien que fuera, simultáneamente, admirador, consumidor e inversor de un artista?

Podría comprar por afinidad: «He sido fan toda la vida; quiero participar en su éxito». Incluso podría aceptar una expectativa económica menos atractiva porque obtiene satisfacción al apoyar al artista o sentirse vinculado a su trayectoria.

Esa motivación tiene valor para quien la experimenta (Engagement). Lo importante es distinguirla de la rentabilidad financiera. El dividendo emocional puede ser considerable, aunque no paga las facturas.

También podría producirse el rechazo por afinidad negativa: «No soporto el reguetón», «no me interesa el rap», «el heavy no es para mí». Estaríamos convirtiendo una preferencia personal en una previsión sobre los gustos y el gasto de millones de personas.

Una cartera construida exclusivamente con nuestra lista de reproducción favorita podría resultar musicalmente coherente y en cambio financieramente desequilibrada.

Y existiría una tercera reacción: «No me gusta nada ese artista, pero su token va como un cohete y no puedo quedarme fuera». Tengo que comprar “Whether I like it or not.”: FOMO?

El entusiasmo por una música y el entusiasmo por una cotización pueden seguir caminos diferentes. Alguien podría no escuchar una sola canción del artista y sentir una urgencia enorme por adquirir sus derechos económicos.

En ese mercado hipotético, el FOMO podría operar por dos vías. La primera sería comercial: una canción, una gira o una conversación colectiva (la prescripción de “influencers” sobre sus followers en RRSS) atraen nuevos oyentes y compradores. Si esa atención se transforma en ingresos incluidos en la emisión, podría mejorar su perspectiva económica.

La segunda sería bursátil: el token sube, aparece entre los más negociados y atrae a compradores interesados en la siguiente subida.

Ambas vías podrían reforzarse. También podrían separarse.

Un artista puede ser cada vez más popular mientras su token se vuelve menos atractivo al precio que cotiza.

Consideremos un ejemplo hipotético. Un token cotiza en el mercado a 10€ y se estima que distribuirá un rendimiento de 50c durante el próximo año. Esa distribución prevista equivaldría a una rentabilidad del 5 %. Si la cotización se duplica hasta 20€ y la previsión de los rendimientos permanece igual (50c es decir 0,5€), la rentabilidad bajaría al 2,5 %.

Quien compró antes puede haber obtenido una revalorización considerable. Quien entra después paga el doble por la misma distribución prevista. Esos porcentajes no representan una promesa de una rentabilidad futura: faltaría la evolución del precio, de los costes y la posibilidad de que los ingresos cambien.

El artista puede seguir siendo extraordinario. La inversión exige volver a hacer las cuentas.

El éxito de una gira no beneficiaría automáticamente a un token que solo participase en ingresos editoriales de determinadas canciones. Una campaña publicitaria podría ser relevante para una emisión con derechos NIL y no para otra que los excluyera.

Analizar el impacto en las cotizaciones dentro de una Bolsa de la Música exigiría, por tanto, distinguir tres cuestiones:

  • cuánta atención genera el artista (fama, notoriedad, difusión, reproducciones… etc)
  • cuánto dinero genera esa atención (impacto económico) y
  • qué parte de ese impacto económico está recogido y corresponde efectivamente al token (sobre qué ingresos y en qué porcentaje están delimitados los derechos de acceso de la emisión de tokens)

La primera requiere una investigación, la segunda recibir la información y la tercera cuantifica el valor económico de lo que estamos comprando.

Para el inversor, aprovechar el FOMO consistiría en observar el entusiasmo, contrastarlo con ingresos verificables, revisar el precio y determinar cuánto riesgo tiene sentido asumir. Conocer un género o una comunidad podría aportar contexto, siempre que esa familiaridad se contrastara con datos y con argumentos contrarios.

Para The Muxic Exchange, el reto sería transformar la curiosidad en participación informada. Mostrar junto a la cotización los derechos incluidos, las distribuciones, los costes y la liquidez disponible permitiría que el nombre del artista fuese la puerta de entrada a un análisis más completo.

También sería importante que vender un artista no se interpretara como una traición. Una comunidad puede celebrar una música y aceptar que sus integrantes tengan necesidades económicas distintas. La lealtad cultural no debería convertirse en una obligación de mantener una inversión.

Por último, una cotización visible (displayed) no garantiza una salida inmediata. Para vender hace falta alguien dispuesto a comprar, y el precio disponible (available price) puede ser muy distinto del esperado. El miedo colectivo a perderse una subida puede transformarse en urgencia colectiva por salir.

La oportunidad de una Bolsa de la Música estaría en conectar una relación emocional ya existente con la participación en derechos económicos comprensibles y negociables. Su credibilidad dependería de que el entusiasmo conviviera con la información, la comparación y la libertad de decir: «A este precio, paso».

El FOMO puede llevarnos a mirar donde antes no mirábamos, cuestionar nuestros prejuicios e investigar tendencias que habíamos despreciado. Su utilidad termina cuando la urgencia sustituye al criterio.

Podemos escuchar con el corazón. Para invertir, conviene leer también el contrato.

**Que el FOMO nos acerque al escenario. El precio de la entrada lo decidimos nosotros. **

**Bibliografía y fuentes**

1. Przybylski, A. K., Murayama, K., DeHaan, C. R. y Gladwell, V. (2013). «Motivational, emotional, and behavioral correlates of fear of missing out». *Computers in Human Behavior*

2. U.S. Securities and Exchange Commission (2021). «Thinking About Investing in the Latest Hot Stock? Understand the Significant Risks of Short-Term Trading Based on Social Media».

3. U.S. Securities and Exchange Commission (2021). *Staff Report on Equity and Options Market Structure Conditions in Early 2021*.

4. Bank of International Settlements (2018). «The implications of passive investing for securities markets». *BIS Quarterly Review*

5. CFA Institute (2026). «The Behavioral Biases of Individuals». *CFA Program Curriculum, Level I, Portfolio Management*.

6. Arkes, H. R. y Blumer, C. (1985). «The psychology of sunk cost». *Organizational Behavior and Human Decision Processes*

7. Pronin, E., Lin, D. Y. y Ross, L. (2002). «The Bias Blind Spot: Perceptions of Bias in Self Versus Others». *Personality and Social Psychology Bulletin*

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9. European Securities and Markets Authority (ESMA). *Reglamento sobre los mercados de criptoactivos — MiCA, artículo 2: ámbito de aplicación*.

https://www.esma.europa.eu/publications-and-data/interactive-single-rulebook/mica/article-2-scope